﻿Circo Pesadilla



       Todos disfrutan del circo en algún momento de sus vidas. Cuando ves a los payasos jugar con globos de color o al trapecista que se columpia alegremente de un lado al otro de la carpa, caminando exclusivamente sobre una delgada cuerda y en algunos casos, cargando una vara con la cual logra su equilibrio. Algunos circos tienen animales fantásticos entrenados para hacer a todos sonreír, reír y gritar. Otros circos carecen de personal talentoso en estas artes de entretenimiento y se van por lo diferente y lo grotesco, lo perturbador y lo macabro.
       Tal es el caso del Increíble Espectáculo de Monstruos. Un circo japonés de finales del siglo XIX –que su única fuente de espectáculo era su perturbadora banda de monstruos que buscaba llamar la atención de su clientela con perturbadoras apariencias y trucos llamativos.
       Tokkuriji Muchisute el hombre momia. Sin brazos y lleno de vendajes, es capaz de usar sus pies como si fueran manos; incluso mostrando habilidades con el arco a pesar de su limitación.
       Alto y delgado, sus vendajes solo cubren su cara y sus amputadas manos, dejando el resto del cuerpo cubierto por su camisa blanca que apenas y conservaba un ápice su apariencia original; señal clara de lo vieja y descuidada de esta, y una gabardina negra tan larga que llegaba casi a las rodillas. Un pantalón negro igual de viejo hacia juego, además de tener una gorra de posible origen militar y sus sandalias de madera; típicas de la época. Sus ojos resaltaban de entre sus vendajes por su maquillaje, un delineado grueso y negro que acentuaba sus ojos cafés.
       Su voz ronca y un poco aguda, que pudo haber sido causada por sus heridas o por alguna otra razón.
        Akaza el gigante. Grande y fuerte, su acto era el de tragar espadas además de su gran figura que le hacía parecer un gigante.
       Sus hombros anchos y grandes y su cabeza redonda casi como una pelota. A simple vista pensarías que su tamaño era atribuido a su peso; pero la verdad del cuerpo es otra, cuando sobrepasas la musculatura estética, solo te queda crecer y crecer, su voz era lo suficientemente profunda para enfatizar su apariencia y asustar a cualquiera. De cejas gruesas, barba corta y con un parche en el ojo derecho, completamente calvo y con escaso cabello corporal; si acaso solo un poco. Además de siempre portar una camisola morada, tradicional del japón de la época y por último, un pantalón café.
       Benitsu la mujer serpiente. Muy cercana a Akaza, con la habilidad de encantar a las serpientes casi igual que los hombres del medio oriente que habitan el desierto lo hacen con sus flautas.
       Su cara especialmente pálida, con maquillaje en los ojos igual que Tokkuriji, y una capucha de tela negra parecida a un jihab. Un yukata morado claro con cinturón morado oscuro y una camisola como la de Akaza; de color rojo, con estampado de mariposas. Su voz rota, seguramente por su edad o por el alcohol: te daba a pensar que tal vez en algún momento fue dulce. Quizá rota por la vida misma.
       Kanabun el niño-niña. Que tenía el acto de tragar fuego. Un niño andrógino, que a la vista del ignorante; podría pensarse que era una niña o un niño, causando confusión en los que asistían a ver su acto.
       Se deja crecer el pelo para orientar su apariencia a una más femenina; quizá la confusión de los demás se había escurrido en él. O quizá había una razón más para esconder su masculinidad, pero no rechazaba ni una ni la otra; al contrario, su vestimenta jugaba con este concepto también. Usando una camisa blanca sin mangas, con una estrella roja en el centro –que dejaba ver sus brazos, como cualquier niño que pretende mostrar su musculatura, (aun si esta fuese inexistente) y unas mallas azules con un pantalón ajustado y pequeño por encima, que resaltaba sus piernas como las de una chica.
       Y así había más personas; o quizá, mejor dicho, creaturas empleadas en este circo, una más increíble o grotesca que la anterior. Todos; a excepción de Kanabun; que aún era un niño, ya pasaban de sus 20s o 30 años; quizá más. El pasar del tiempo había sido tan cruel con ellos que el concepto de un cumpleaños era distante y carente de significado para ellos, por lo que había sido tiempo ya desde la última vez que los contaron.
       A la cabeza de este circo estaba el Sr. Arashi, un hombre que demuestra el significado de las apariencias que engañan, mostrándose bondadoso y benevolente, pero solo interesado en el dinero y las riquezas.
       Un hombre no muy gordo, pero con algo de peso, pelo negro y corto y una gorra blanca como la de Tokkuriji, un yukata azul oscuro con una camisola superior de cuadros negros y morados. Con bigote pequeño y un tanto peculiar y lentes de gota y ojos oscuros. La apariencia predilecta de un típico villano de caricatura; pero que, para la época, era bastante normal.
       Este circo ambulante iba de pueblo en pueblo ofreciendo su show, cautivando o perturbando a todo aquel que osaba verlo –y en el peor de los casos, había quien se unía a este circo del horror.
       Tal fue el caso de Midori, a quien el pueblo la conocía como la niña de las camelias; por las flores de camelia que vendía para mantenerse a ella misma y a su madre. Midori, al perder a su madre y por oferta de un “hombre bueno” se acercó a este circo en busca de acojo y resguardo, además de trabajo, pero de inmediato se percató de su cruel destino.
       Midori era una niña de 12 años por lo mucho; por poco menor de edad que Kanabun, portando normalmente su uniforme escolar; una camisa blanca y sobre esta un vestido amarillo con lunares rojos, además de un moño rojo en el cuello, y en otras ocasiones, un vestido morado de una sola pieza o un suéter rosa y pantalón negro.
       Desde el primer día fue víctima de casi todos en el circo, psicológica, física y verbalmente –no había un tipo de ataque, o acoso que no sufriera por alguno de los miembros mientras poco a poco se hacía parte de esta “familia”. En especial siendo víctima constante de Tokkuriji y Akaza, Benitsu siéndoles cómplice en cada oportunidad –abusando sexualmente de la pobre Midori una y otra vez, mientras con palabras disfrazadas le decían lo que pensaban de ella.
       —Llorona, Midori la llorona.
       Le decía Benitsu suavemente mientras ella sollozaba de dolor, siendo violentada por Tokkuriji, quien la penetraba con fuerza –sosteniéndose a ella con su boca; mordiendo su ropa con fuerza. Benitsu le besaba en los labios mientras era tocada por Akaza y otro de los miembros del circo le practicaba sexo oral a la mujer.
       —Deténganse por favor.
       Seguía implorando Midori entre lágrimas y gritos, sintiendo la cálida respiración de Tokkuriji en el cuello y los fríos labios de Benitsu tocaban los suyos.
       Midori asustada y con miedo se sentía como si fuera penetrada por una vara, que la atravesaba de punta a punta, saliendo por su boca en forma de un pene que se asomaba por sus labios y los besos de Benitsu los percibía como si besara esta punta y su boca se dislocaba para meterla por completo en la suya y aun así alcanzar a besarla a ella. La respiración de Tokkuriji era como un dragón que respiraba fuego en su cuello y la quemaba viva. Veía a Akaza como si sus manos envolvieran el cuerpo de Benitsu de forma que el también parecía una serpiente; encantado por ella como en sus trucos de circo y el hombre que practicaba sexo oral a Benitsu era como un ciempiés con millares de dientes y una mirada perturbadora. El pánico que sentía Midori solo se podía medir por la intensidad de sus gritos y el miedo en su mirada, mientras deliraba escuchar los sonidos incesantes de risas que salían de todas las bocas, y aunque estas no fueran reales; para ella, era una absoluta verdad. 
       De esta forma ella se había vuelto juguete de los hombres del circo y herramienta del cruel Arashi, quien por su homosexualidad lo volvía el único en no haber tenido relaciones con ella en ninguna de las oportunidades; pero eso no lo hacía un santo; pues su desahogo lo hacía con Kanabun, quien cumplía con sus gustos a la perfección de este enfermo pedófilo.
       En varias ocasiones intentó cambiar el ritmo de las cosas, había encontrado unos cachorros en un templo a los cuales cuidar; por ejemplo, pero el gusto le había durado poco. Intentó volverse amiga de los miembros del circo, pero su estatus de objeto sexual se lo había impedido por completo –cosa que le hacía recibir mayor acoso; mientras jugaban con ella y sus sentimientos al hacerle creer que de esa forma era como a ella le mostraban su amistad.
       Una vez se habían aburrido de ella la mayoría, Benitsu y Tokkuriji fueron los únicos que al pasar del tiempo conservaron cierto cariño por Midori, Benitsu se había convertido en lo más cercano a una figura materna tomando en cuenta la clase de situación en la que se encontraba ella; y Tokkuriji; quizá erróneamente, se había enamorado de Midori –o quizá no realmente de ella, si no de su inocencia. Esto no la protegía del abuso sexual que continuaba (aunque con menor constancia con forme pasaba el tiempo) sufriendo.
       A la vez que esto ocurría, Midori se acostumbraba a los terrores diarios que vivía; poco a poco su imaginación dejaba de volar tan enfermizamente y se volvía más consciente de la realidad que la rodeaba sin la deformación de su subconsciente.
       Tokkuriji en este punto se había convertido también en algo así como su guardián, aunque quizá el termino más correcto sería dueño. Y Midori; motivada por su instinto de supervivencia, aceptaba este destino –como un ratón que deja de jalar cuando se da cuenta que no podrá salir de la trampa, sabe que no podrá salir, sabe que no podrá convencerla de dejarlo ir y termina aceptando a esta trampa como su nuevo hogar en un último esfuerzo por continuar con vida –en tan cruel circunstancia.
       Hasta que un día al circo le llegó un curioso visitante, una botella con una persona dentro, o quizá una persona dentro de una botella; casi tan grande como para contener a un niño pequeño dentro, pero con un hombrecillo curioso, que por su apariencia era claro que niño no era –mucho menos joven, su apariencia era claramente la de un adulto.
       Se hace llamar Masamitsu, un hombrecillo de la altura de un niño, casi tan alto como Midori o Kanabun. Pero su cuerpo claramente tan desgastado como el de un adulto, con una barba corta y puntiaguda; además de bigote pequeño y curvado, colocados sobre una cara redonda y algo regordeta, Masamitsu (o Wonder Masamitsu; como se presentaba ante su público) vestía de traje negro con camisa blanca, con una rosa en su saco y una pajarita azul en el cuello. Su voz aguda y misteriosa.
       Todos de inmediato se habían sorprendido con el acto del enano, creían imposible que pudiera entrar y salir del frasco en el que viajaba, y veían imperativo que se les uniera al circo; que ya de por si pasaba por una pésima racha de malos negocios.
       Masamitsu se había presentado allí de hecho, con curiosa coincidencia, para pedir trabajo –un tanto cómico que antes de que si quiera pudiera pedirlo, ya se lo habían ofrecido.
       El hombrecillo no tardo ni un instante en aceptar mientras todos le hacían saber lo impresionados que estaban con su acto y lo mucho que querían que fuera parte de sus exposiciones. Al menos todos menos uno.
       Tokkuriji no se sentía con tanto gusto de darle la bienvenida, pues quien más se había impresionado con el acto había sido Midori.
       Ella fue la primera en acercársele, y la primera en decir que debía unirse a ellos.
       —¡Maravilloso! ¡Maravilloso! —Aclamaba Midori—. Debería unirse a nosotros señor, es ciertamente impresionante su habilidad. Como alguien tan pequeño como yo que aun soy una niña, se pueda deslizar dentro de una botella aún más pequeña.
       Todos los demás confirmaban que opinaban igual que ella mientras la hacían a un lado para robarse la atención del enano.
       Pero Masamitsu no prestaba atención a los demás, cuando vio a Midori no vio a nadie más y en ningún momento se molestó en ocultar su interés inmediato hacía ella.
       —Pues muchas gracias, señorita. Pero me temo que no se su nombre. —Masamitsu le ofrecía su mano—.
       Midori; que llevaba mucho tiempo sin genuino afecto, casi quería llorar y su voz se cortaba.
       —Mi nombre es Midori. —Finalmente le respondió tomando su mano—.
       Masamitsu le tomó la palma y la besó. Esto enfurecía a Tokkuriji que veía todo suceder frente a sus ojos –a Masamitsu interesarse en Midori, y a Midori interesarse en Masamitsu; incluso si no era interés romántico por parte de ella, Tokkuriji podía sentir las intenciones del enano como si fueran las suyas mismas –y que de cierta forma lo eran.
       Con todos (excepto por Tokkuriji) anonadados por el acto de Masamitsu, no había necesidad de un consenso; y el enano fue aceptado en el circo de inmediato.
       El éxito que traía al circo era tal que no dudó en verse Masamitsu a sí mismo como el salvador de este, y el Sr. Arashi no veía problemas en consentirlo cada vez más a cambio de su servicio –al punto de darle lo más próximo a un cuarto privado, donde pudiera no solo tener privacidad para lo que quisiera hacer, sino también un lugar donde practicar su acto sin el riesgo de que los demás aprendieran a replicarlo –pues temía se lo pudieran robar y se volviera obsoleto para los demás.
       —-¡Impresionante!, ¡Verdaderamente impresionante!, ¡¿Cómo lo hace?! —Preguntaba el público que visitaba diariamente el circo para ver el acto del enano—.
       —Escuché que trucos como estos son populares en China y la India. —Se escuchaba discutir a otros—.
       Al final del acto Midori cerraba entonces el telón y el Sr. Arashi continuaba con la presentación de los demás.
       Durante el pasar de este tiempo, Masamitsu y Midori también eran cada vez más amigos, incluso dándole a ella un poco del estrellato de su show al tenerla como “asistente”. A los demás esto no les importaba; pero los celos de Tokkuriji eran cada vez más grandes y hacían que cada vez fuera más posesivo con Midori.
       —¡No! El señor Masamitsu no es así. —Reclamaba Midori agitando los brazos, mientras Tokkuriji la tenía amarrada con sus pies como si fuera un abrazo o un candado—.
       —Entiéndelo Midori, nadie es así de bueno si no es porque quiere algo. —Le reafirmaba Tokkuriji—.
       —¿Y qué quieres tu entonces? —Replicaba Midori tratando de defender a Masamitsu—.
       —A ti Midori, sabes cuanto te amo, ¿No te lo he demostrado siempre? Cuánto significas para mí. —Le trataba de convencer—. Yo te amo Midori y solo te quiero proteger.
       —P.…pero tú me lastimas, desde que llegué.
       —Y desde que llegaste te amo, solo demuestro mi amor por ti Midori. ¿Acaso te e mentido o engañado? Todo lo que te he dicho y hecho ha sido directo y desde mi corazón.
       Midori no sabía ni siquiera lo que era el amor, no entendía como debía sentirse; pero sabía que de cierta forma Tokkuriji no mentía. Sus intenciones; aunque enfermizas, siempre eran directas y siempre que la violaba no se tomaba la molestia en darle rodeos. Esto poco a poco la convencía de lo que ella pensaba era alguien malo –una persona que era buena contigo para después traicionarte, casi como aquel hombre que le compró sus flores aquella noche y que le dijo del circo. El encajaba en esa idea de un hombre malo –y con la manipulación de Tokkuriji poco a poco Midori pensaba que así era en realidad, que la gente que era buena era solo porque sería malvada después.
       Pero Midori seguía aun en el estado de la negación y negociación, una parte de ella aún quería darle una oportunidad a Masamitsu.
       —¿Y si él es diferente?
       —No lo es Midori, tienes que creerme.
       Tokkuriji poco a poco se ponía más y más encima de Midori, inmovilizándola con su peso y su fuerza. Y mientras la convencía de que Masamitsu era un villano, su propia e incontrolable lujuria tomaba posesión de su cuerpo. Y Midori podía sentirlo, al percibir entre sus piernas la erección que se producía de la pelea entre los dos.
       Pasaba tan seguido y tan constante que Midori dejaba de forcejear de inmediato cuando sentía que era hora de que abusaran de ella. Era como si su cuerpo tuviera un botón que de inmediato la apagaba y la desconectaba de la realidad y pasaba a un modo pasivo y silencioso que duraba hasta el final del terrible acto.
       Tokkuriji a pesar de su falta de brazos, podía sentir a Midori casi de la misma forma que una persona normal, sus piernas eran tan flexibles y fuertes; además de coordinadas, como para tomar y tocarla como se le daba la gana y por la escasa ropa que le daban, era innecesario desnudarla pues al solo tener un vestido encima y nada más, terminaba expuesta sin complicación.
       El acto comenzaba con Tokkuriji usando a Midori para bajarse el pantalón, pegando su entrepierna contra ella y moviéndose de arriba abajo como si ya la estuviera penetrando; solo para que la fricción bajara su pantalón que con poco esfuerzo se recorría.
       Inmediatamente su pene se liberaba y podía de inmediato penetrarla; pero el disfrutaba de jugar con ella, de pasar el tiempo con calma a su lado mientras lo pasaba sobre los labios vaginales de la pobre niña. Y como explicaba hace un momento; su cuerpo de inmediato se apagaba y cerraba los ojos para no ver nada. Para cuando Tokkuriji finalmente la penetraba, los quejidos tenues de una niña que era obligada a ser mujer se escapaban al aire donde quienes los escuchaban simplemente les servía para disfrutar del momento como voyeristas trastornados, dándole honor al nombre del espectáculo de monstruos.
       La flexibilidad y destreza de Tokkuriji le permitía usar sus pies para tocar a Midori, aunque con grandes limitantes –pero eso le bastaba al hombre, con la sensación de posesión le era más que suficiente.
       —Esta es la prueba de mi amor por ti, Midori. —Le decía entre quejidos—.
       Pero ella no escuchaba, su mente ya se había desconectado de la realidad.
       Muy al fondo, Masamitsu se encontraba tratando de no espiar. Él se había interesado en Midori también y no toleraba tener competencia, pero sabía que no podía enfrentarse a Tokkuriji simplemente, debía encontrar otra forma de alejar a Midori de él –sabía que el camino de menor riesgo era convencerla de dejarlo por él, solo debía amarrarla de alguna forma; y si las ilusiones eran su especialidad en el circo; lo serían en el amor.
       Y fue fácil descubrir cómo hacerlo, cuando todo el tiempo que había pasado en el circo había sido cruel y doloroso; el solo debía darle la más pequeña muestra de bondad para tenerla a sus pies y bajo “su propia voluntad”.
       Finalmente, solo veía con ira en la dirección de Tokkuriji, con recelo mientras él se corría una y otra vez en ella, con asco pensando que solo la manchaba, con la esperanza de pronto limpiarla con su propia semilla, de purificarla.
       Unas horas después, cuando por fin todo había acabado y Midori se levantaba escapando del agarre dormido de su compañero de cama para irse a su propia cama a dormir, Masamitsu no tardó en irle a ver.
       —Pobre, pobre de ti Midori. —Le decía en voz baja mientras le ofrecía algo con que limpiarse—. Que maltraten de esta forma a una niña tan hermosa como tú.
       —¿Y qué es lo que usted quiere de mí? —Le respondía Midori escéptica por lo que me decía Tokkuriji—.
       —¡Nada! Nada en lo absoluto Midori, simplemente me es imposible ver a una niña tan hermosa como tú, ser lastimada de esa forma.
       —No es lo que los demás dicen de usted. —Le respondía a la defensiva—.
       —Te lo demostraré si así lo deseas. La próxima vez que te quieran hacer algo, escóndete en mi habitación y no diré dónde estás.
       Masamitsu finalmente se retiró de allí. Y aunque Midori no le creía ni una sola palabra, estaba por verse si tomaría la oportunidad de obtener finalmente algo de paz.
       
       ***
       
       —¡Hey! ¡Midori! ¡¿Dónde estás?! —Se escuchaba gritar a Tokkuriji—.
       Tokkuriji se había despertado sin Midori a su lado, algo que no era raro, pero siempre que pasaba, a él le molestaba muchísimo.
       Ella al escuchar sus gritos entró en pánico, como si fuera perseguida por un demonio –su mente recordó las palabras de Masamitsu esa noche y de inmediato fue corriendo a ocultarse.
       Masamitsu se encontraba apenas despertando, pero ver a la niña tratando de ocultarse en una esquina le dio la señal suficiente para entender el contexto de la situación. Rápidamente la ocultó con telas y objetos varios con los que uno decora un escenario.
       —¿A dónde llevaste a Midori, Masamitsu? —Preguntaba furioso Tokkuriji—.
       —¿Qué te hace pensar que yo se algo, Tokkuriji? —Masamitsu respondía perspicaz—.
       —A mí no me engañas Masamitsu, tratas de quitarme a Midori, pero ella es mía y no permitiré que la robes de mí.
       —Yo no robo nada de nadie, si ella te deja no es más que tu culpa. Ahora vete que aquí no está.
       Tokkuriji solo se le quedó viendo con rabia mientras trataba de peinar el lugar con el reojo de la mirada, y hasta que confirmó que en efecto no estaba (gracias al escondite improvisado de Masamitsu) él se volvió a otra parte del lugar, gritando continuamente el nombre de Midori una y otra vez. Una vez que ya no había moros en la costa; entonces Midori salió, quedando a salvo al menos hasta que terminara el siguiente show.
       Y como los anteriores, el de Masamitsu fue el más aclamado, todos los otros actos habían sido completamente ignorados por la clientela del día, pero esto parecía solo molestarle a Tokkuriji, los demás; a menos de que lo estuvieran fingiendo, adoraban a Masamitsu, y festejaban cada día exitoso a su lado mientras sus bolcillo se llenaban con las cada vez más grandes pagas salariales (Incluyendo claro, la de Tokkuriji).
       Para empeorar las cosas, la manipulación de Masamitsu funcionaba cada día más. Midori se ocultaba en su habitación hasta que Tokkuriji se aburría de buscarla e incluso comenzaba a pasar la noche con el enano, quien cada vez más se volvía más cariñoso con Midori, poco a poco revelando que no era más que otro monstruo; nada distinto a su actual violador.
       Una noche, después de haber dado nuevamente un exitoso show de una sola persona, Tokkuriji perdía la paciencia. Midori seguía evitándolo, los visitantes seguían prestando mediano interés por su actuación y los demás parecían cada vez más encantados por las riquezas que Masamitsu les traía; era como si comieran todos de la palma de su mano y él era el único capaz de verlo por quien en verdad era. La rabia consumía su interior como un fuego imposible de apagar.
       —¡Akaza! —Le gritaba Tokkuriji después de la cena—.
       Akaza caminó hacia su compañero, un tanto sorprendido, la voz de Tokkuriji sonaba con gran enojo y no veía razones para ello. Sabía que Midori lo había estado ignorando; pero como ya él tampoco se podía aprovechar de la niña desde tiempo atrás (por los celos del mismo Tokkuriji), poco le importaba que no estuviera funcionando su relación.
       —Vamos Akaza, tienes que estar cansado del maldito Masamitsu. No puedo ser el único.
       —Eres el único Tokkuriji, desde que está con nosotros el dinero fluye como el agua corre por el rio. El único que no parece contento con esto eres tú; desde que Midori te dejó por él.
       —Ya nadie se impresiona con tu acto, el sr. Arashi solo pasa el tiempo con él, venimos de sobra.
       Akaza no tenía razones para quejarse de Masamitsu. Al final de cuentas, estaba en el circo por el dinero, la única razón por la que toleraba el fracaso antes de la llegada del enano era por el sexo con Benitsu, y ahora tenía ambas cosas. Para él era más que evidente que el único que no cuadraba era Tokkuriji.
       —Si tienes algo en contra de Masamitsu, Tokkuriji, arréglalo tú mismo.
       Masamitsu, desde lejos; pues ya sospechaba que Tokkuriji trataría de hacer algo por recuperar a Midori, veía a ambos discutir –no necesitaba escucharlos para saber de qué iba la conversación.
       Sin quien lo apoyara, tomó la palabra de Akaza, y en un momento de privacidad Tokkuriji fue a ver a Masamitsu, quien lo recibió con una sonrisa tan falsa que parecía todo estaba formando parte de un plan secreto. La confianza rodeaba al enano, mientras un Tokkuriji afligido por sus sentimientos trataba de aparentar tener la sartén por el mango.
       —Te lo había advertido, debías alejarte de Midori. —Le amenazaba al enano—.
       —Te equivocas Tokkuriji, Midori es quien se alejado de ti por su cuenta, ella ya no te pertenece.
       —¡Midori es mía! Devuélvemela si no quieres afrontar las consecuencias, desgraciado enano.
       Masamitsu no tenía realmente un complejo con su estatura, pero si con su autoridad. Él había traído éxito al circo y dinero a sus bolcillos. Respeto era lo mínimo que podía esperar de los demás. No podía aceptar ser la burla de alguien, mucho menos de un lisiado como Tokkuriji.
       Para su suerte, sabía que este confrontamiento era cuestión de tiempo y se había preparado. Él era un mago de la ilusión, y sabía que eso no solo era una acto de circo; si no también un arma.
       Durante su discusión, y aprovechándose de que Tokkuriji se encontraba descalzo en ese momento, había colocado en el suelo un polvo misterioso y casi imposible de distinguir de tierra y suelo común. Tokkuriji había pisado este polvo por ya algo de tiempo mientras seguía a Masamitsu, que caminaba en círculos pretendiendo escucharlo.
       Poco a poco Tokkuriji comenzó a sudar y su respiración se empezaba a agitar. Sentía como una sensación similar a la que alguna vez tuvo por su lepra recorría su cuerpo de pies a cabeza y parecía quemarse, además, usando espejos inteligentemente colocados con anterioridad, se empezaba a reflejar la luz del fuego de la estufa con la que Benitsu cocinaba, poco a poco se construía la ilusión de verdaderamente estar en llamas.
       Tokkuriji comenzó a gritar de dolor cuando este ya fue insoportable, mientras Masamitsu lo veía con malicia.
       Tokkuriji comenzó cayendo al suelo, lo que solo empeoró las cosas pues ahora este polvo estaba por todo su cuerpo, no tuvo más opción que correr a ciegas mientras gritaba, para salvarse de las llamas que aseguraba lo estaban comiendo.
       Al correr sin rumbo termino chocando contra las carpas del circo, asustando a los demás que de inmediato fueron en su auxilio, incluso el mismo Masamitsu; para que nadie creyera que tuvo algo que ver. Los gritos de fuego empujaron a la improvisación de los demás y le bañaron con agua de un rio que tenían allí cerca; pasó un largo tiempo antes de que el dolor por fin se detuviera, casi traumatizando al hombre.
       Pero esto sería el principio del final; pues Midori había estado observando desde cercana distancia, escondida como de costumbre; pero tan bien enseñada por el mismo Masamitsu, que ni él mismo se percató de que estaban siendo espiados.
       A la hora de que la ilusión del fuego se había hecho presente ella también huyó; pues el susto había sido tal que su mente le estaba haciendo creer que el incendio era real, no fue encontrada si no hasta el día siguiente que volvía por cuenta propia para ver que había sucedido.
       Cuando volvió y vio que todo estaba intacto, quien la vio llegar primero fue Benitsu, quien fue a abrazarla de inmediato, asustada por su repentina ausencia.
       —¡¿Dónde has estado Midori?! —Le reclamaba Benitsu—.
       —El incendio de anoche, creí que el circo se quemaba.
       —¿Incendio?
       Benitsu no quiso decirle nada, pero capto de inmediato que algo andaba mal, cuando rescataron a Tokkuriji él decía que estaba en llamas, y ahora Midori hablaba de un incendio misterioso. Finalmente, cuando le pidió detalles ella mencionó que Masamitsu estaba con Tokkuriji y que cuando vio el fuego corrió a salvarse.
       Ahora todo cobraba sentido.
       Esa tarde Benitsu habló con los demás; y comenzaban a cuestionar la decisión de tener a Masamitsu entre ellos, Akaza; que ya había hablado con Tokkuriji antes del incidente, no dudo dos veces en tomar la rienda de la situación. Quizá era que después de todo Tokkuriji tenía razón.
       Después de una larga charla todos se fueron nuevamente a descansar. La mañana siguiente decidirían que hacer.
       
       ***
       
       —¡Con ustedes! El hombre de la botella, la maravilla viviente, ¡Masamitsu!
       Un nuevo día, otro exitoso show, cuando el telón cerró y todos estaban fuera de las carpas del circo; y Masamitsu se preparaba para salir de su botella, entonces pasó. Una mano gigantesca y velluda, la mano de Akaza el gigante, tomaba el frasco y lo levantaba con el enano aún dentro.
       —¡Bájame maldito bruto! ¡¿Qué crees que estás haciendo?!
       Akaza adoraba el dinero que traía al circo Masamitsu, disfrutaba del sexo con Benitsu y de divertirse con los demás. Había un sentimiento que emanaba del gigante más que cualquier otro, el sentimiento de la familia. Todos eran monstruos, todos eran rechazados por la sociedad y ninguno era un sacrosanto, pero incluso entre ladrones hay honor.
       Masamitsu, era ahora una amenaza para esa familia.
       Cargó al enano en su botella como si fuera nada y lo llevó al centro del bosque más cercano, donde finalmente lo lanzó como si fuera una vara que le lanzas a un perro. Masamitsu gritaba por ser liberado y exigía explicaciones, ofrecía sus riquezas e incluso en el último momento, imploraba perdón. Pero nada de eso detuvo al gigantón.
       Cuando finalmente tocó el suelo y el frasco se quebró, Masamitsu había quedo gravemente herido, pedazos de vidrio clavados en cada parte de su cuerpo mientras se desangraba sin parar; arrastrándose por el suelo pidiendo auxilio.
       Gritaba por ayuda ofreciendo todo lo que llegaba a su mente. Nadie respondía.
       En algún momento su voz se silenció, pues si no hay quien lo escuche; el árbol que cae ¿Produce ruido alguno?
       Al final, la paz que había tenido Midori se extinguía, el dinero de clientes que exigían ver el acto principal; dejaba de llegar. Y todo volvía a la normalidad en el circo de las pesadillas.
       Está de sobra mencionar que con el pasar de los meses la situación nunca cambió, los días siguieron y todos habían hecho un voto de silencio para nunca hablar de lo que había pasado aquel día. Finalmente, cuando el circo no tuvo opción más que desaparecer por falta de recursos, cada quien se fue por su lado.
       Akaza y Benitsu abrieron una cantina donde ella terminó siendo prostituida.
       El Sr. Arashi se quedó a Kanabun, a quien violó y abandonó cuando había crecido fuera de su edad de interés.
       Tokkuriji se quedó a Midori, quien después de incesantes violaciones cometió suicidio y Tokkuriji le siguió, esperando seguirla en el más allá.
       El resto de monstruos buscaron un nuevo circo al cual unirse y nunca más se supo que pasó.
          El resto de los monstruos buscaron un nuevo circo al cual unirse y nunca más se supo que pasó.
       Y finalmente, en el bosque donde todo tomó lugar solo quedó un rumor, “No te pierdas ni vayas de noche, y si vas cierra los ojos y no mires atrás, o si no la creatura del bosque te atrapará.”
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